Según George Bernard Shaw, es peor ser indiferente que odiar. Al odiar, empleamos la misma energía y pasión que cuando amamos. Sin embargo, cuando somos indiferentes borramos de la existencia al otro/a. Ese/a otro/a que nos necesita o nos quiere.
Ahora, entre ser indiferente y cuidarse de no involucrarse mucho, hay algunos tonos grises. Es decir, a veces estamos tan aferrados a cosas o personas que tratamos de controlarlas siempre y no dejamos espacio para que vivan. En este caso, debemos soltar el agarre.
Pero, volviendo a la indiferencia, la misma, casi siempre se cultiva como protección contra el sentir. Tememos a la intimidad. Tememos la vulnerabilidad que se necesita cada vez que nos acercamos a las personas y dejamos que ellas se acerquen a nosotros. Las más personas más cercanas saben siempre por dónde darnos, saben que nos duele y que nos afecta. Es por eso, que un en una discusión, una persona cercana va a utilizar el arma más dolorosa, no porque tenga la intención de hacerte más daño que un extraño u otras personas no tan cercanas, si no por la única razón de que la conoce. Todos hemos estado aquí en algún punto de nuestras vidas, sabemos el dolor y no resulta extraño que nuestra estrategia contra el sea el de alejarnos/despegarnos/arrancarnos a las personas más cercanas.
Ser indiferente es ponerse un caparazón... la pregunta sería, si realmente estamos bien protegidos en él.
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